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Fin de semana con papá

fin de semana papá
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El viernes que me ‘tocan’ los niños todo es un desastre desde el principio. «Llevo dos años separado y debería tenerlo todo un poco más organizado«, me digo enfadado en el coche -un día más- mientras atravieso Madrid en un atasco gigantesco para recoger del colegio a mi hijo Gonzalo, de 11 años, y a mi hija Clara, de 7. Y aunque me da un poco de pena que siempre sean los últimos en salir, al menos cuento con la ventaja de que van a un colegio concertado con extraescolares hasta las seis.

Llego diez minutos tarde, como siempre, ante la mirada furiosa de una de las profesoras. Ya no pierdo el tiempo en disculparme por tener un jefe que el último día de la semana nos obliga a tener una comida de ‘coordinación’ y de la que tengo que salir a hurtadillas cuando empiezan los whiskys.

Los niños, muy calladitos, se suben al coche en un santiamén y se despiden de la profesora con algo parecido a un lacónico adiós que acompañan con un movimiento de la mano. Cuando nos hemos alejado 50 metros del cole empezamos a hablar y a gritar. La ‘seño’ nos tiene aterrorizados, especialmente a mí. Mala conciencia, supongo.

Videojuegos y pizza, como siempre

La tarde del viernes es sencilla. Llegamos a casa, un apartamento con un solo dormitorio, pero que cuenta con la ventaja (en verano) de estar en una ‘urba’ con piscina. Lo malo es que es un bloque de alquiler donde los vecinos son casi todos de paso y, o son solteros o parejas con bebés muy pequeños. Vamos, que en estos dos años no han conseguido ni una sola amistad, salvo un pesado chavalín del que hasta mis hijos huyen despavoridos.

comer en restaurantes italianos

Como es primavera, el plan siempre es el mismo. Deberes y videojuegos. Luego llamamos a Telepizza a escondidas (la madre está por aquello de la comida sana) y por la noche algo de tele y a la cama. Ahí es cuando me tomo mi merecido whisky mientras me quedo dormido en el sofá cama viendo alguna peli que ya he visto mil veces.

¡Horror, ya es sábado!

Me levanto estresado a las ocho de la mañana y con un dolor agudo en la espalda producto del miserable colchón ultrafino del sofá. ¿Que Hago con los niños? Dos semanas antes me prometí no llevarles más al zoo cuando aprecié que algunos empleados ya nos saludaban. No quiero que acaben por detestar a los animalitos. Tampoco ir a patinar sobre hielo en mis actuales condiciones físicas y menos al Parque de Atracciones yo solo teniendo en cuenta la diferencia de edad de los críos.

Empiezo a mandar whatsapp a mis amigos separados por ver si hay algún plan que podamos compartir. A los que siguen casados hace tiempo que dejé de llamarles. No sé por qué, pero últimamente siempre tienen una disculpa para que quedemos con ellos. Mientras compro unos croissants, miro desesperadamente el móvil por si hubiese entrado un whatsapp esperanzador. Nada en el segundo café, lo que me provoca una pequeña reflexión. La realidad descarnada es que Ana –mi ex mujer- se encargaba siempre de organizar el ocio familiar. Qué hacíamos, a dónde íbamos con quién quedábamos, cuánto gastábamos. Supongo que esto propició que hasta mis amigos de toda la vida prefirieran hacer planes con ella.

Diez de la mañana y se despiertan mis chavales. El móvil mudo, claro. Llegan un par de mensajes alentadores. Falsa alarma, tienen fútbol, baloncesto. «¿Por qué mis hijos no hacen deporte?», me pregunto cariacontecido. Cuando ya estoy a punto de comprar online las entradas para Faunia, al menos varío un poco, Silvia, una amiga de los viejos tiempos, y la única que me llama me da varias ideas.

burritos en la granja escuela

«¿Por qué no los llevas por la mañana a una granja muy chula que hay cerca de la Granja de San Ildefonso a pasar un rato con burritos y cabras enanas, o hacer senderismo en el Pantano de Buendía en la Ruta de las Caras en Cuenca o ir a Alcobendas a una exposición de dinosaurios?», me dice.

Sigue como una ametralladora contándome planes y más planes. Todas las ideas me parecen fantásticas, pero lo mejor de todo es que me ha abierto la mente para la también temible tarde del domingo.

Decido ir a pasar la mañana con los burritos en la granja escuela en Segovia y de paso les enseño los maravillosos jardines del Palacio. Luego comemos algo por la zona y volvemos a casa cansados y muy satisfechos. Eso sí, me guardo en barbecho las otras mil ideas que me ha dado para el siguiente fin de semana que esté con ellos.

Los abuelos nos dan plantón el domingo

abuelos

El que iba a ser el único plan previsto para ir con los niños, comer en casa de sus abuelos, había sido cancelado. Ahora ya no me importaba. Nos levantamos temprano y les llevo al Hipódromo de la Zarzuela; además de ver las carreras conmigo tienen la oportunidad de ir al Club Pony Turf, donde disfrutaron como enanos. La comida… les encantó, perritos calientes en una de las food trucks de su pradera de hierba. Lo mejor de todo es que cuando mandé un par de mensajes contando mis planes a mis ‘amigos’ rápidamente dos de ellos se apuntaron con sus hijos. Lo pasamos realmente bien.

El fin de semana fue tan intenso que me tuve que reservar la idea de ir a algunos museos muy divertidos para niños: Robot Museum, El de Ciencias y Tecnología de Alcobendas o El Museo del Ferrocarril.

Cuando dejé a los niños con su madre llamé a mi amiga agradeciéndole los consejos y alabando sus magníficas ideas. Ella le quitó hierro al asunto y simplemente me dijo, «la próxima vez no hace falta que me llames, simplemente visita Qué Hacer con los Niños«.

Se acababa de librar de mí sin ningún tipo de rodeo. Juro que no tenía intenciones ocultas, o eso creo.

Nota del redactor: Todo lo narrado es real, incluso los nombres, aunque corresponde a experiencias de varios padres separados con hijos.

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Hace 1 mes
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