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Escapada a Vega del Codorno a pesar de Google Maps

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Vaya por delante que actualmente si no fuera por Google Maps ya no sería capaz de llegar ni a la vuelta de la esquina. Se me ha hecho tan imprescindible en mi vida cotidiana como la agenda del móvil. Eso sí, conlleva problemas inherentes e insalvables, como que ya no soy capaz de retener en la memoria los teléfonos más habituales –salvo los que utilizaba en mi infancia que los recuerdo perfectamente- y que si Google Maps no tiene cobertura entro en pánico en décimas de segundo.

Decidimos hacer una escapada de fin de semana para visitar a nuestra hija el día de los padres en una acampada en la que está con el grupo Scout GS Orion, en Vega del Codorno, en pleno Parque Natural de la Serranía de Cuenca. Me apetecía un montón disfrutar de esta zona privilegiada y de la que tenía recuerdos muy lejanos.

Como está a unos 250 kilómetros de Madrid era conveniente pernoctar y aprovechar para sumergirse por la zona. En un intento de planificación militar –infructuoso como veréis más adelante- escogí un pueblecito para dormir que estuviera relativamente cerca de Vega del Codorno. Los mapas me inspiraron para que escogiese al azar uno que me gustaba por el nombre, Fresneda de la Sierra, me sonaba bien. Lo demás era sencillo, salir antes de las 13:00, para evitar tráfico, y llegar en un par de horitas a la hora de comer al sitio que nos tocase. Un poco de riesgo siempre está bien.

La primera en la frente con Google Maps

google maps nacimiento del río cuervo

Salimos a la hora programada. Introduzco el destino en Google Maps, Fresneda de la Sierra-. Cuando veo la previsión de llegada que indica el cacharro, 3 horas, tuerzo el morro y pienso «debe haber un buen atasco, porque el día anterior el tiempo estimado era de poco más de 2 horas». Y efectivamente así era. Las retenciones habituales en una carretera muy habitual para mí, la A 1, a la altura de El Molar.

Una vez pasado el puerto de Somosierra se aligera el tráfico y puedo hasta llegar a pensar. «Que raro, si vamos a Cuenca, que hacemos a 100 km en la carretera de Burgos». Me detengo inmediatamente en una estación de servicio y observo con desolación que cuando introduje Fresneda de la Sierra había unos puntos suspensivos y otra palabra que no se veía, Tirón. Es decir, otra localidad diferente a la que íbamos y que estaba muy cerca de Logroño. Nada de Cuenca.

Marcha atrás claro; y ante mi manifiesto enfado –sobre todo conmigo mismo- ni una palabra en el coche. Al cabo de unas cuantas respiraciones profundas y viendo que, al menos no había atasco, el ambiente se normalizó y olvidamos la amargura de tamaño despropósito.
Los planes horarios se habían ido por la borda y apenas nos dio tiempo a comer unos bocatas en un bar mientras recorríamos las desoladas estepas alcarreñas.

Llegamos al fin del mundo

Con un retraso de dos horas y media alcanzamos nuestro codiciado destino. La verdad es que era un simple pueblecito en mitad de la nada al que llegamos atravesando cultivos, algunos de los cuales –repletos de girasoles- eran realmente bellos.

Nuestro alojamiento, ‘El Torreón‘, reservado previamente a través de booking.com, nos sorprendió gratamente. Un coqueto apartamento, sencillo, bonito y muy limpio. Sus gerentes, un matrimonio que ya han pasado los 70, Jesús e Isabel, absolutamente encantadores. Nos dieron indicaciones para investigar por la zona y nos acercamos a la localidad de Cañamares donde nos dimos un chapuzón en un agradable río abarrotado de personas, al que algunos nativos denominaban ‘la playeta’ y que nos ayudó a refrescarnos del calor estival. La escapada se estaba arreglando, y más cuando dimos cuenta de unos chuletones soberbios en el restaurante al lado del camping.

La velada se cerró tomando unos ‘reconstituyentes’ en la terraza del bar de la plaza de Fresneda de la Sierra, mientras charlábamos esporádicamente con el matrimonio que también regentaba el establecimiento.

Rumbo al nacimiento del río Cuervo

La ruta hasta Vega del Codorno, lugar donde estaba nuestra hija, fue absolutamente espectacular. De una hora de duración, atravesamos impresionantes cañones de roca, rodeados de bosques frondosos. Pasamos por pueblos como Solán de Cabras –famoso por sus aguas minerales y su balneario-, Beteta y Masegosa.

Carreteras serpenteantes, estrechas, pero muy cuidadas. Por el camino nos cruzamos con manadas de caballos sueltas con sus potrillos y hasta un precioso corzo con su hijo.

Como el primer objetivo era visitar el nacimiento del río Cuervo, sus bonitas cascadas y su exhuberante vegetación, hacia allí nos encaminamos. A pesar de haber preguntado a los solícitos monitores de los Scouts la ubicación y tener una idea general, por supuesto que decidí dejar aconsejarme por mi ‘amigo’ Google Maps. Y lo cierto es que volví a hacerle caso a pesar de que los carteles informativos de la carretera nos indicaban otra dirección.

Ha llegado a su destino

Las primeras rampas sobre una pista de tierra ya eran sospechosas. Se suponía que era un sitio turístico. Pero a medida que pasaban los kilómetros el camino se hacía intransitable para una berlina. Google Maps decía adelante, los carteles decían adelante, mi hija, la más sensata desde luego, decía «da la vuelta papá. A pesar de unas enormes rodaduras, los golpes en el bajo del coche, las derrapadas en las zonas de barro… seguía confiando en mi amigo Google Maps.

nacimiento del río cuervo

Intermitentemente conminada a mi familia para que bajasen del coche para poder pasar por los enormes agujeros del camino. Y como espectadores solo un rebaño de ovejas que nos miraban con curiosidad.
Hete aquí que de repente oímos con voz neutra muy clara: «ha llegado a su destino». Por supuesto no había nada, salvo las ovejas.
Con sentido del humor, y sudando a chorros, no hubo más remedio que emprender el retorno de esos 8 kilómetros infernales. Lo bueno es que le había cogido el tranquillo, era cuesta abajo y tardé menos de la mitad que a la ida.

Ya en la zona de confort de la carretera, y con solo unos arañazos en la carrocería del coche como consecuencia de las ramas y piedras que nos golpearon, tardamos menos de dos minutos en llegar a la zona turística del nacimiento del río Cuervo.

En un agradable paseo alcanzamos nuestro precioso objetivo. Bebimos la refrescante agua de una de sus fuentes y nos hicimos las fotos de rigor. Para culminar la jornada comimos platos típicos de la zona, ajo arriero, una ensalada muy curiosa servida en sartencitas individuales, queso y, yo, un estupendo civet de ciervo.

Para la vuelta a Madrid disfrutamos de un paisaje divino. Eso sí, con el GPS del coche desconectado. Por cierto, es muy recomendable la visita a este paraje del nacimiento del río Cuervo.

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Hace 5 meses
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