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“Papá, no te pegues en el fútbol por mí”

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En este artículo no voy a enumerar los múltiples casos de violencia en el futbol  base que están apareciendo últimamente en los medios de comunicación. Simplemente os voy a comentar mi experiencia reciente como padre de tres pequeños futbolistas que cada fin de semana se divierten practicando su deporte favorito.

Sin pretender ser elitista, vaya por delante que mis hijos compiten en ligas de la zona noroeste de Madrid desde hace algo más de seis años, una zona en la que, por suerte, este tipo de situaciones violentas no son tan habituales como en otros escenarios, aunque sí he comprobado que últimamente están comenzando a prodigarse más de lo deseable (en realidad lo deseable sería cero incidentes).

En los cinco primeros años, desde que el mayor de mis hijos empezó a competir en la categoría de prebenjamín de futbol, no he asistido a ningún incidente que pudiera calificarse como violento. Más allá de pequeñas discusiones entre algunos padres más vehementes de lo normal, jamás he visto la posibilidad de que llegara a producirse alguna pelea y en raras ocasiones he escuchado leves insultos pero siempre con un final feliz (manos estrechadas entre padres e incluso algunos abrazos esporádicos).

futbol infantilYa a finales del año pasado, viví la desagradable experiencia de asistir a una batalla campal entre los padres de jugadores de dos equipos que participaban en un torneo en Cantabria ante los llantos de sus hijos, quienes no entendían cómo se había llegado a esa situación y mucho me temo que hasta se consideraban los responsables de que sus padres fueran camino del botiquín para curarse los daños.

Esta temporada, sin embargo, ya he vivido en primera persona tres episodios bastantes desagradables y todos ellos con dos denominadores comunes: padres enfervorizados y entrenadores demasiado viscerales. El objetivo común de ambos grupos es, en la mayoría de las ocasiones, el pobre árbitro que tiene que estar hecho de una pasta especial para soportar todo lo que se le viene encima cada fin de semana.

En el primero de ellos, un jugador del equipo contrario agredió a uno de los nuestros de forma bastante salvaje y fue expulsado. Salvo una pequeña tangana, la cosa no fue a más en un principio hasta que al final del partido se lió una discusión gratuita entre padres, poca cosa en realidad.

En el segundo, el entrenador del equipo contrario, que había perdido el partido, se alzó sobre una especie de pedestal impartiendo todo tipo de frases de muy mal gusto hacia los padres de nuestro equipo quienes, si bien al principio entraron al trapo, finalmente pasaron del individuo.

El último me ha ocurrido este mismo fin de semana en un partido de mi hijo pequeño de apenas diez años. Todo comenzó porque el entrenador de nuestro equipo es muy visceral y se pasa todo el partido animando de forma muy estruendosa a sus jugadores. Los padres del equipo contrario se pusieron muy nerviosos porque decían que con sus formas estaba influyendo en las decisiones del árbitro y eso no se podía permitir. Le estuvieron insultando a lo largo de todo el partido, acordándose especialmente de su madre, hasta que se pitó el final del encuentro con la victoria de los nuestros por un apretado 2 a 1. Nuestro entrenador se acercó entonces donde estábamos los padres de ambos equipos para agradecer nuestro apoyo, lo que provocó las iras de los otros padres, quienes decían que era un provocador y le amenazaron con esperarle a la salida. A todo esto, gracias a Dios, los niños permanecían ajenos y se despedían cordial y deportivamente.

Según argumentan los expertos, tras lo que he vivido este fin de semana doy fe de ello, los verdaderos generadores de la violencia en el futbol infantil somos los padres, que nos atribuimos el papel de protagonistas por encima de nuestros propios hijos. El sindicato de árbitros, por su parte,  afirma que en el futbol de formación el problema no son los jugadores, sino que está en las gradas considerando que el 80% del problema son los padres. La práctica totalidad de entrenadores de futbol base estarían de acuerdo con la afirmación de que cada padre piensa que su hijo es el mejor jugador del mundo.

Aunque en numerosos campos ya se empiezan a ver carteles indicativos dirigidos a los padres de los jugadores sobre cómo se deben comportar durante los partidos, la verdad es que tanto desde los clubes, como desde los diferentes estamentos oficiales se podría hacer mucho más incluyendo sanciones a padres, entrenadores o presidentes de clubes; estableciendo programas educativos; o adoptando medidas como hacen en Cataluña, donde ante los episodios de violencia en la grada se paran los partidos inmediatamente.

Yo por mi parte, como siga asistiendo a este tipo de episodios violentos, optaré por cambiar a mis hijos a otro deporte como por ejemplo el tenis, donde por lo menos exigen silencio al público durante los partidos.

 

Luis Rodríguez

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